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Benito Baranda / Presidente Ejecutivo de América Solidaria

“Cuando uno hace un recorrido retrospectivo de la vida, se da cuenta que hay muchas personas que te forman para un rol. Uno tiene ciertas habilidades, pero depende mucho de las personas que te rodean”, reflexiona Benito Baranda, quien fuera director del Hogar de Cristo por 20 años, entre 1991 y 2011. Hoy, a la cabeza de América Solidaria, recuerda a todos quienes influyeron en el compromiso social que mantiene con el combate contra la pobreza en el continente: sus padres, hermanas y hermanos, la Iglesia Católica y las comunidades de vida cristiana, junto con las personas que conoció en el colegio San Ignacio, donde estudió.

Oriundo de Viña del Mar, Baranda es el tercero entre 10 hermanos y afirma que una de las cosas que más valora de venir de una familia numerosa es que “aprendes a vivir con otros y no entiendes la vida si no es con otros”.

Comenta que, a pesar de haber nacido en un entorno de clase alta, vivió una infancia sencilla.

“En la vida diaria se distribuían las tareas que debíamos hacer dentro de la casa, y se nos inculcó desde chicos que los bienes materiales no te hacen ser más o menos persona”, recuerda, y añade que sus padres le dieron mucha independencia, lo que también agradece “porque me pude desarrollar en lo que quería, y todos pudimos dirigir nuestra vida vocacional a lo que deseábamos hacer”.

“Al venir de una familia numerosa aprendes a vivir con otros y no entiendes la vida si no es con otros”

Esa independencia lo llevó por el camino que hoy lo posiciona como un reconocido activista social, trabajando hasta 14 horas diarias por las causas que lo mueven. Junto con presidir América Solidaria, participa de otros siete directorios, “por lo que las  jornadas laborales son muy extensas”, reconoce.

Sus días parten a eso de las 5:00 de la mañana, pero está acostumbrado. “Vivo en el campo, en La Pintana, y trabajo mucho la tierra. Para eso hay que madrugar”, relata, mientras explica que en este período, donde comienzan las cosechas, tiene mucho que hacer los fines de semana.

Luego de trabajar en su huerto, la siguiente actividad del día tiene que ver con el deporte. “Corro y hago bicicleta estática. Hago media hora todas las mañanas, lo tengo como hábito”, detalla, agregando que lo hacía desde pequeño, pues en su época escolar fue atleta. Participaba en una prueba que se llamaba “Obstáculo”, para lo cual debía entrenar mucho: corría siempre una hora en la mañana, después hacía gimnasia y luego entrenaba en la tarde en el colegio.

La poesía es una actividad que le nace espontáneamente “porque estoy en circunstancias donde el dolor, el goce, las emociones y las turbulencias interiores del alma me hacen escribir. Así me libero”

Incluso, estuvo a punto de irse al extranjero para continuar su carrera como atleta, pero un accidente lo detuvo. “Al terminar la enseñanza media, me caí corriendo en una de las pruebas. Me fracturé el fémur y eso, por supuesto, hizo que me quedara en Chile y optara por seguir otro camino. Pero me sigue gustando mucho”, afirma.

Así como también le gusta la poesía, una actividad que surge espontáneamente “porque estoy en circunstancias donde el dolor, el goce, las emociones y las turbulencias interiores del alma me hacen escribir. Así me libero”, reflexiona. Y al respecto cuenta que escribe bastante y que cuando era adolescente, con su amigo Patricio Navarro, publicó un pequeño libro llamado “Sal de la tierra”. “Después no seguí publicando, porque voy escribiendo y guardando los cuadernos. No los he vuelto a releer ni a corregir”, comenta.

Estudió Psicología, y hoy también es orientador. Pero su sentido social lo adquirió más fuertemente cuando terminó sus estudios y se casó. Con su esposa, Lorena, se fueron a vivir a una hospedería del Hogar de Cristo donde se atendían niños, “y en la convivencia con esos pequeños, que vivían en situación de calle a mediados de los 80’, tuvimos aprendizajes de experiencias de vida que nos calaron muy profundo y que modificaron mucho nuestras imágenes del mundo”.

Producto de aquellas experiencias, y de que su señora no podía tener hijos biológicos, decidieron adoptar y hoy tienen seis hijos, de entre 30 y 20 años de edad.

“En la convivencia con pequeños que vivían en situación de calle a mediados de los 80’, tuvimos experiencias de vida que modificaron mucho nuestras imágenes del mundo”

Y aunque Baranda trabaja largas jornadas fuera del hogar, dice tener una relación muy cercana con todos los integrantes de su familia. “Lorena me conoció así y ella es muy parecida, también tiene una actividad muy intensa de compromiso social. Sabe cómo es esto, incluso trabajamos mucho tiempo juntos, y vibra con lo que hago. Llora conmigo, sufre y también reflexionamos juntos acerca de las cosas que vivimos”, confiesa.

Desde que sus hijos eran pequeños, les pedía que lo acompañaran al trabajo para que entendieran sus “largas ausencias”, haciendo referencia a su labor en el Hogar de Cristo, donde muchas veces le tocaba estar varias horas afuera, viajar a regiones, irse muy temprano de madrugada y volver muy tarde. “Por eso, cuando tenía la oportunidad, trataba de mostrarle ese trabajo a mis hijos. Y creo que eso hizo un bien en la casa, porque así no se generaron fantasmas de lo que hacía el papá, además de que lo entendieron y se hicieron parte”, apunta.

“Lorena –su esposa– también tiene una actividad muy intensa de compromiso social. Sabe cómo es esto, incluso trabajamos mucho tiempo juntos. Llora conmigo, sufre y también reflexionamos juntos acerca de las cosas que vivimos”

En el período más álgido, estaba casi una semana al mes fuera de Chile, y luego, otra semana fuera de Santiago. Fue en uno de esos viajes donde vivió una experiencia que lo marcó profundamente para el resto de su vida: “En 1999, en los inicios de América Solidaria, visitamos Cité Soleil, en Haití, junto a Roberto García. Allí vimos a un grupo grande de cerdos comiendo en un basural. Entre ellos había un niño muerto tirado en la basura”.

Eso, afirma, le cambió la vida a él y a su compañero “porque vimos realidades en que los niños están pasando hambre y están muriendo. Y tú te imaginas a tu hijo tirado ahí, es muy fuerte. Esos niños no tienen casa ni tienen país”, reflexiona.

Luego de ese episodio, su compromiso con América Solidaria y su lucha contra la pobreza se hicieron aún más fuertes “porque entendí que la libertad de las personas es directamente proporcional al poder adquisitivo, por lo que para quienes no tienen recursos, esa libertad no existe”.

Y aunque su vocación social sigue intacta, “hoy trato de disminuir lo más posible mis viajes y mi carga laboral para pasar más tiempo con mi familia”, por lo que siempre trata de bloquear tempranamente su agenda para no interrumpir todo lo que tenga que ver con compromisos familiares.

Luego de viajar a Haití, “entendí que la libertad de las personas es directamente proporcional al poder adquisitivo, por lo que para quienes no tienen recursos, esa libertad no existe”

Porque además, dice, se encuentra en un período en que ya no están sus hijos más grandes en la casa y que antes ayudaban con el cuidado de su hija menor, Magdalena, que es sordociega.

“Ella dice algunas palabras, combinadas con algo de lenguaje de señas”, pero por supuesto tiene que dedicarle mucho tiempo, algo que, por cierto, disfruta mucho.

“Lo paso bien con Magdalena, y ella se pone contenta también. Logro conocerla más profundamente, porque si no estoy a solas con ella es difícil interactuar, porque tiene un lenguaje y una manera de comunicarse diferente, y eso requiere tiempo”.