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Aldo Magnasco / Director comercial de Monarch

En los últimos tres años, Aldo Magnasco ha tenido que sortear una pregunta que, con frecuencia, su señora le hace muy seriamente: “¿Cuándo te vas a retirar?”. Cada vez que hay contingencia en la fábrica, o cuando algo no sale como se esperaba y él se lo comenta, ella lo increpa con la misma interrogante.

“Mi respuesta siempre es la misma: por qué tendría que retirarme si estoy feliz. Ella me dice que es lógico pensarlo, para que deje de alegar cuando algo no sale como me gustaría. Yo le digo que esto es igual a jugar fútbol y que te hagan un gol. Alegas, te da rabia, pero no por eso vas a dejar de jugar fútbol”, dice el socio y director comercial de Monarch, el fabricante de calcetines ligado a las familias Magnasco-Aste.

A sus 73 años, Magnasco ha modificado sus rutinas considerablemente. Pese a que está activo al frente de la compañía que fundó su padre en 1937 y participa de todas las decisiones y reuniones importantes, el tiempo le ha otorgado licencias que no cualquier director comercial puede atribuirse. Él se las ha ganado a pulso, dice.

“Yo trabajo acá porque me gusta. Esta empresa es el regalo de mi padre y hemos sabido mantenerla como una compañía familiar”

Entró a la empresa cuando atravesaba su segunda década de vida y, como quería saber y entender bien qué hacía cada quién, todos los días llegaba un poco antes de las 8:00 hrs., daba una vuelta por la fábrica, conversaba con los trabajadores y luego se iba a su oficina, hasta las 17:00 hrs.

Ahora es distinto. En la mañana no se marcha de casa sin ejercitarse, elongar y tomar desayuno.

“Por qué tendría que retirarme si estoy feliz (…) esto es igual a jugar fútbol y que te hagan un gol. Alegas, te da rabia, pero no por eso vas a dejar de jugar fútbol”

Está en su oficina de lunes a jueves. Los martes toma clases de tenis. Reserva los viernes para actividades especiales como alguna reunión importante, pero sólo si la pide él: “No trabajo en la oficina un viernes desde hace muchos años. Hago cosas en remoto, si se puede decir así. Si alguien me cita ese día, mi secretaria sabe que la respuesta es que no puedo. A menos que sea el ministro de Economía, que ya me pasó. A ese tipo de reuniones un viernes no puedo decir que no”.

Para acortar la semana, todos los miércoles almuerza con su grupo de amigos más entrañables. Son 15 hombres que mantienen una tradición desde hace 30 años, que empezó entre cervezas y empanadas después de jugar fútbol al final del día, y que ahora se transformó en una sagrada comida en “Los sabores del Inca”, restaurant peruano ubicado Bellavista, donde la misma mesa de siempre, de cada miércoles, los espera desde las 14:00 hrs.

“Nadie habla de negocios en estos almuerzos. Son espacios para recordar historias, anécdotas, ser más amigos, aprovechar el tiempo que nos queda”, asegura Magnasco.   

En su oficina, donde prefiere no tener computador, difícilmente lo encontrarán después de las 18:30 hrs. “No me manejo mucho con la tecnología. Pero pregúntame lo que quieras de Monarch y te lo respondo al tiro”, dice entre risas.

“Nadie habla de negocios en estos almuerzos. Son espacios para recordar historias, anécdotas, ser más amigos, aprovechar el tiempo que nos queda”

Si se le pregunta algo de una de las rutinas del Bombo Fica en el Festival de Viña, probablemente también sepa qué responder. Se sabe varias. La que mejor le salió, después de aprenderla de memoria y ensayarla en casa, la recreó en una de las fiestas de fin de año de la empresa, vestido de blanco como corresponde. “El tiempo para la diversión en el ambiente laboral me importa mucho. No me gusta que me vean como ‘el jefe’. Soy cercano a todos los que trabajan en Monarch y me gusta que también conozcan esta faceta mía”, asegura el ejecutivo.

“Hace mucho se me ocurrió que sería una buena idea rentar un catamarán y llevarme a toda mi familia a vacacionar (…) De ese invento han quedado lecciones familiares (…) conocernos más y querernos más”

Con la familia prefiere invertir tiempo viajando: “No recuerdo cómo ni cuándo, pero hace mucho se me ocurrió que sería una buena idea rentar un catamarán y llevarme a toda mi familia a vacacionar. Partí con mi señora y mis tres hijos, con o sin pololas. Decidí que lo haría cada dos años y hemos tenido viajes memorables”.

Hasta ahora, el que más le ha gustado fue cuando cruzaron de Cerdeña a Córcega. “De ese invento mío también han quedado lecciones familiares. En un catamarán logramos varias cosas: conocernos más y querernos más. También mejorar la convivencia”.

Dice que cuando sus hijos se comprometieron, le importaba mucho que las futuras esposas se hicieran amigas y cómplices. “¡Y qué mejor que lograrlo con unas vacaciones de ese estilo!”, exclama. “Ahora somos 16, la familia creció mucho y es complicado ir a navegar con guaguas recién nacidas, así que cambiamos la dinámica. Vamos a Cancún o algún lugar así y también lo pasamos muy bien”.

Eso sí: no viaja cuando hay cambio de temporada, porque son fechas clave para la empresa que dirige. “Mi señora y toda mi familia lo saben bien y nunca me piden que me ausente de la oficina por esos días”, sostiene Magnasco.

“Digo lo mismo cada vez que alguien me lo pregunta: el día que no me acompañe la salud, ahí es cuando me voy a retirar”

Pero no niega que de vez en cuando eso coincide con la pregunta sobre el retiro. A veces se detiene a pensarlo por unos segundos y luego retoma las labores: “Yo trabajo acá porque me gusta. Esta empresa es el regalo de mi padre y hemos sabido mantenerla como una compañía familiar. Mi meta en este momento es encontrar la manera de dejar todo ordenado para poder pensar en irme. Y digo lo mismo cada vez que alguien me lo pregunta: el día que no me acompañe la salud, ahí es cuando me voy a retirar”.