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Aisén Etcheverry / Directora de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID)

Hace un año fue nombrada para dirigir la transición de la Comisión Nacional Científica y Tecnológica (Conicyt) a la nueva Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), en el marco de la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Fueron intensos meses de trabajo para hacer un diagnóstico y luego para desarrollar la reestructuración de la entidad, que se concretó el 1 de enero pasado, pero hoy su tiempo está enfocado en un tema todavía más desafiante: idear la forma en que los más de 400 funcionarios y más de 17 mil investigadores usuarios de la ANID logren sobrellevar la confusión entre la casa y el trabajo, que la pandemia ha generado.

“El tiempo se transformó en un aspecto de trabajo, con una preponderancia y con un protagonismo que antes no tenía”, explica. “El uso del tiempo no era algo de lo que necesariamente habláramos en la agencia ni que trabajáramos como línea en el manejo de nuestros equipos, en la construcción de la identidad de la ANID o, incluso, no era algo de lo que nos preocupábamos respecto de nuestros usuarios”, añade.

“El tiempo se transformó en un aspecto de trabajo, con una preponderancia y con un protagonismo que antes no tenía”

Lo que ve hoy, agrega, es que la clara separación que había entre la casa y el trabajo desapareció completamente y, por lo tanto, sincronizar y calibrar esta nueva realidad, ordenando las tareas para que el uso del tiempo mantenga la salud mental de todos, se transformó en un ítem de trabajo para ella.

“Le dedico muchas horas del día a pensar cómo podemos entregarles herramientas a todos los funcionarios de la agencia para que puedan llevar esta confusión de trabajo y casa de mejor manera, cómo podemos flexibilizar los proyectos para atender a la falta de tiempo que tienen los investigadores y así, es una serie de aspectos del trabajo que no existían y que hoy día ocupan gran parte de mi tiempo”, relata.

Prácticamente la totalidad de los colaboradores de la agencia está teletrabajando desde el 18 de marzo, pero ella va a la oficina cuatro días a la semana -junto a otros cuatro o cinco funcionarios-, ya que hay tareas que requieren estar físicamente allá, incluido el hecho de que La Moneda y los ministerios no han parado.

“He leído hartas entrevistas de cómo en tiempos de pandemia hay personas que han visto beneficiado el tiempo que pasan con los niños o que tienen más tiempo de hacer cosas. Yo creo que son pocos los que tienen ese privilegio”

En casa están sus mellizos de casi 12 años -una niña y un niño-, y ahí todo está funcionando “como todo Chile hoy día: todos en la casa haciéndonos cargo de cosas que antes no hacíamos porque teníamos ayuda, los niños iban al colegio y ahora ya no van, con todos esos componentes que efectivamente te cambian mucho la rutina, la forma en la que uno ve muchas de las tareas que hoy día ocurren, pero que además nos sobrecargan a todos”.

Dice que ha leído varias entrevistas de cómo en tiempos de pandemia hay quienes han visto beneficiado el tiempo que pasan con los niños o que tienen más tiempo de hacer cosas, “pero creo que son pocos los que tienen ese privilegio. Lo que yo veo en mi equipo, que es una comunidad bien diversa, es mucho cansancio, agobio e incertidumbre respecto a cosas y veo, sobre todo, la confusión del trabajo con la casa y cómo eso es algo que no es necesariamente fácil de llevar, porque no lo sabíamos hacer”.

En ese sentido, afirma la necesidad de encontrar las flexibilidades, los espacios y las herramientas que permitan que los equipos funcionen de la mejor manera posible, con un balance saludable entre su familia, su vida y el trabajo que sea saludable también. “Esto es una maratón, no son los 100 metros planos”.

“Lo bonito es pensar cómo esto cambia la forma en que nos relacionamos y esa relación, que ahora involucra a nuestros hijos que pasan por atrás, o al perro que ladra en la mitad de la reunión, le pone un componente de empatía a las relaciones interpersonales”

Para lograrlo, añade que la empatía ha sido clave para entender la situación de quien está al otro lado de la pantalla pues todos, dice, estamos en la misma. A su juicio, la empatía pasa por dejar ver “las vulnerabilidades propias, las cosas de uno que no funcionan”, porque es natural estar cansado, dice, y reconocerlo ayuda a los demás a aceptarlo también.

“Lo bonito es pensar cómo esto cambia la forma en que nos relacionamos y esa relación, que ahora involucra a nuestros hijos que pasan por atrás, o al perro que ladra en la mitad de la reunión, le pone un componente de empatía a las relaciones interpersonales. Y eso, si uno lo cuida y lo cultiva, puede ser un gran aprendizaje porque humaniza la relación”.

Reconoce que esta confusión de casa y trabajo, y la energía que dedica en ayudar a que se desarrolle bien en sus equipos y usuarios, tiene que implementarla también en ella.

“Ese es el desafío que queda. Con esto un poco más estabilizado, tratar de poner yo también un poco de cabeza a cómo reservo energía y me guardo para la maratón, porque es harto trabajo, es mucho lo que hay que hacer”.

“Estoy adicta a los puzzles (…) Tiene algo relajante, que es bien impropio de estos tiempos, en que uno anda todo el día corriendo como loco”

También admite que “los niños reclaman a veces” porque la mamá trabaja mucho, “pero están en la edad en que reclaman. Tengo suerte con mis niños pues son capaces de decir lo que necesitan y lo que quieren, y eso hace que sea mucho más fácil. Ya están más grandes, tienen 12 años, son personas ya hechas, con opinión, con necesidades, con mucho por aprender, por supuesto, y creo que en esta pandemia eso se ha consolidado y van bien”.

De todas maneras, hay cosas que ha tenido que dejar de lado en este último año, como reunirse con su grupo de amigas del colegio en un espacio de contención y apoyo que hoy extraña. Lo otro que echa de menos es andar en bicicleta, ya que antes de entrar a la ANID la ocupaba todos los días para ir y volver a su casa, lo que le daba media hora en cada tramo para escuchar un podcast o música, sólo para ella.

También le gusta hacer manualidades, como pintar, hacer ropa o tejer, aunque no ha vuelto a hacerlas por falta de tiempo. “Estoy adicta a los puzzles”, cuenta, y dice que le gusta el espacio que se crea al sentarse a conversar con alguien armando uno. “Tiene algo relajante, que calma, que es bien impropio de estos tiempos, en que uno anda todo el día corriendo como loco. Ese espacio te aterriza un poco. Trato de armar puzzles, pero llevo uno no más en la pandemia, no he tenido mucho tiempo”.

“Toda la vida he trabajado -y me encanta-, y además tuve mellizos, así que el tiempo es algo que ha escaseado en mi vida siempre, para bien y para mal”

A raíz del confinamiento, dice que extraña ir a la playa y caminar por la arena, que le gustaría mucho tener tiempo para una buena comida con amigos, reírse un rato “y salir de esta sensación como de Día de la Marmota en que estamos metidos, tener ese espacio de distensión. En el fondo, más que el tiempo, es la sensación de comunidad, de estar y compartir con otros el tiempo libre”.

Añade que “toda la vida he trabajado -y me encanta-, y además tuve mellizos, así que el tiempo es algo que ha escaseado en mi vida siempre, para bien y para mal”.

Por eso, frente al desafío que enfrenta ahora explica que “el gran aprendizaje es que avanzamos a una velocidad que no necesariamente está en sincronía con los tiempos que tienen las personas ahora. Todos veníamos en una ‘máquina de resultados’ pero lo que está ocurriendo nos mostró que la velocidad tiene que ser distinta, y cuando uno está a cargo de un ‘transatlántico’ de este tamaño, con infinitos proyectos, muchos recursos y equipos, calibrar su velocidad requiere de mucha energía y mucha ayuda, escuchar y entender qué está ocurriendo”. Eso, asegura, ha sido un tremendo reto.

“El gran aprendizaje es que avanzamos a una velocidad que no necesariamente está en sincronía con los tiempos que tienen las personas ahora”

“Siempre digo que en mi descripción de cargo no decía ‘liderar a la agencia en tiempos de pandemia’, y no tengo idea de cómo se hace”, resalta. “Lo que sí sé es que trabajo con 400 y tantas personas súper inteligentes, con ideas, que proponen soluciones que tenemos que probar, siendo súper conscientes de que los tiempos son muy distintos en este formato y que el llevar el trabajo a la casa no es inocuo respecto del trabajo que se hace. Tiene implicancias que hay que entender, hay que adaptarse, hay que considerarlas porque si no, no llegamos al final de la maratón”.